Vertederos en órbita.
La antigua URSS puso en órbita el Sputnik I el 4 de octubre de 1957. Fue aquel lejano día cuando nació el concepto de basura o chatarra espacial. Desde entonces se han lanzado al espacio miles de objetos y de sus restos hemos construido un «vertedero» orbitando nuestro planeta. A finales del pasado 2018 la Oficina del Programa de Restos Orbitales de la NASA contabilizó más de 19.000 pobjetos de chatarra en órbita, incluyendo el automóvil Tesla Roadster de Elon Musk del cohete Falcon Heavy o restos de la reciente misión Insight a Marte. Se calcula que puede haber más de medio milón de piezas entre 1 y 10 centímetros orbitando e incontables las de menor tamaño.
 


Los mayores productores de chatarra espacial son EEUU, Rusia y China. En cuarto lugar la Agencia Espacial Europea, después Francia y otras 29 naciones más. El programa de la NASA tiene como misión detectar, controlar, catalogar e identificar la basura espacial y a qué país pertenece. Además, predicen cuándo y dónde caerán los residuos sobre la superficie terrestre. 

Según la Agencia Espacial Europea, más del 50% de objetos de este vertedero orbital son naves obsoletas, satélites, restos de cohetes y otros objetos desprendidos o restos de explosiones y choques de satélites, restos de pinturas, incluso pequeños meteoritos, que se comportan como proyectiles a una velocidad que puede superar los 27.000 kilómetros por hora. 
 


El 10 de febrero de 2009 se registró el primer choque grave entre dos satélites cuando sobrevolaban Siberia, a una velocidad superior a 42 kilómetros por hora, quedando reducidos al menos a 3.400 piezas de uno a cinco centímetros. Dos años antes un viejo satélite meterológico chino explotó a 865 kilómetros de altura, incrementando la basura espacial en un 34%. 

De toda esta chatarra espacial se calcula que cada año nos reingresan unas 100 toneladas. En noviembre de 2015 se documentó en España una lluvia de chatarra durante dos semanas, en una franja desde Santiago de Compostela, al Noroeste, hasta Murcia, al Sureste de la península, pasando por Cuenca. Bolas de metal que surgieron del cielo con un tamaño entre decenas de centímetros hasta 3 ó 4 metros de diámetro. 
 

 
No es un hecho aislado. La NASA estima que en los últimos 50 años al menos un objeto diario de promedio ha hecho su reentrada, que con mayor frecuencia ha caído sobre el mar o en zonas poco pobladas como la tundra canadiense, el desierto australiana o Siberia, sin que se hayan registrado daños personales de gravedad. 

El verdadero riesgo está precisamente en órbita. La gran cantidad de chatarra flotando en el espacio, y a la velocidad a la que viajan, los residuos ponen en peligro la seguridad de las misiones espaciales en activo, sobre todo, la Estación Espacial Internacional. Como ya es costumbre, ponemos el semáforo después del accidente… ¿Qué hacer? 

Los chinos han propuesto usar láseres.

Las Agencias Espaciales ya pusieron en funcionamiento sistemas de seguimiento y alerta de la chatarra para evitar que colisionen con los satélites en servicio, pero hay que pensar en cómo retirarla. La mayoría se desintegran al hacer la reentrada, pero los de mayor tamaño y resistentes caen sobre la superficie con el consiguiente peligro para la población, como ocurrió en España en 2015.
 
 

Los satélites y misiones espaciales se realizan de dos órbitas. Un 70% en la órbita baja, denominada LEO, entre 200 y 2000 kilómetros de altitud, donde se situán los satélites que mapean la superficie terrestre para la agricultura y el cambio climático. A 400 kilómetros se sitúa la Estación Internacional Espacial que ha visto como le pasaba rozando la chatarra, sobre todo, en 2016, cuando un objeto que viajaba a siete veces la velocidad de una bala, unos siete u ocho kilómetros por segundo, golpeó la cúpula dejando una muesca de varios milímetros en el cristal.
 
En la órbita baja se produce lo que se llama el Síndrome Kessler, un efecto dominó debido a que el choque de la basura contra otros objetos produce a su vez más basura y así consecutivamente. 

En la órbita alta, GEO, a 36.000 kilómetros, se sitúan los satélites de comunicaciones en órbita geoestacionaria, por lo que aparentemente están fijos. No hay riesgo de que caigan, pero la franja se divide a su vez en diversas órbitas donde se sitúan los satélites, lo que genera los mismos riesgos que en la órbita baja. Para evitarlo, los rusos pensaron en una órbita cementerio.
 


Un satélite ad hoc llevaría los satélites obsoletos hacia esta órbita situada a mayor altura que la geoestacionaria, evitando así el riesgo del síndrome de kessler. Los nuevos satélites deberían llevar una reserva de combustible para que, al finalizar su servicio, se dirigieran a este cementerio. 
Los británicos con su satélite RemoveDebris han puesto en práctica con éxito dos métodos, uno el pasado septiembre y otro, más reciente, en febrero

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