Recorriendo la costa del balneario uruguayo de Atlántida, alcanzando la periferia, llegamos a Villa Argentina, lugar emblemático por contar con la edificación impresionante de una casa con forma de cabeza de águila, cuyo entorno resguardado y protegido por barrancos y un bosque con altos árboles, le da un aura de misterio y atracción: quien va una vez, siempre vuelve.

Al entrar a esta edificación, hay un ambiente amplio; subiendo una estrecha escalera, se alcanza la cabeza del águila, donde hay dos ventanas que serían los ojos del ave.

Desde allí, se tiene una vista impresionante del Río de la Plata, de una parte de la costa de Atlántida y a los lados se ven los árboles que rodean la casa.

Se percibe un ambiente pacífico, con el ruido del mar y la brisa entre los árboles, con un efecto hipnótico sobre las personas que la visitan.

Es una construcción que estuvo abandonada por más de 20 años, y aún así, atraía a muchos visitantes. Se puede acceder desde la ruta, o bien por el lado del barranco que da hacia la playa.

Un poco de historia

El propietario de la casa del Águila era el argentino Natalio Michelizzi, quien encargó la construcción de una pequeña capilla.

El encargado de realizar esta obra fue Juan Torres, quien fue más allá de lo ordenado y construyó una habitación más grande de lo que le solicitaran; luego construyó  un pequeño baño, una pequeña cocina y un dormitorio, ya que el propietario consideraba que era un lugar ideal para recibir amigos.

Cuando estuvo pronta, Michelizzi le pidió a Torres que construyera un águila encima.

En un ejercicio de imaginación para encarar una tarea nada fácil, Torres proyectó y concretó sobre el techo, un molde de madera con la forma de la cabeza de un águila: colocó piedras dentro, algunos hierros para realizar una buena estructura y lo rellenó de cemento. Cuando fraguó el material, retiraron el molde y apareció la cabeza de un águila.

Lo que siguió fue forrar esta cabeza con piedra, semejando las plumas del ave.

La siguiente etapa fue la construcción de una gran terraza que diera hacia el barranco, con la peculiaridad de que esta terraza se asemejaría a la borda de un barco.

La proa que terminaba en lo que semejaba la boca abierta de un delfín. De esa terraza bajaba una escalera de ladrillos hacia la playa.

Al fallecer el propietario, la casa quedó abandonada y comenzó a deteriorarse por las inclemencias del tiempo; el barranco, cuya base es de arcilla, se fue erosionando; la escalera que iba hasta la playa, poco a poco, fue desapareciendo; la terraza también se desmoronó e incluso la cabeza del águila comenzó a quebrarse.

Se tuvo que clausurar el lugar por peligro de derrumbe. Sin embargo, pese a ese riesgo, la gente seguía visitando el lugar, y algún osado, llegó a treparse al cuello del águila.

 

Afortunadamente, hace unos años, comenzó su lenta reconstrucción, asegurando el barranco con piedras y malla metálica para evitar que siga erosionando. Actualmente es una atracción turística, con guías que explican su historia, con fotos ilustrativas de la historia del sitio y con frecuencia usado como lugar para exposiciones y conferencias.

Leyendas urbanas entorno a la casa del Águila

El abandono que sufrió este lugar, llevó a que se generara un halo de misterio y más de una leyenda urbana. Hay quienes dicen que es una guarida de unos contrabandistas, ya que el lugar quedaba escondido por el barranco que originalmente era más extenso y rodeado por árboles.

Abundantes rumores señalan que fue construida para alertar a los submarinos alemanes que surcaban las aguas uruguayas, llevando a los nazis que escapaban de Europa.

O bien, que era un centro de espionaje de los nazis en la guerra.  Esta vinculación con el régimen alemán que se le atribuía a Michelizzi, no era tan descabellada, ya que se descubrió que la empresa Planeta, para la que él trabajaba, traficaba armas para los nazis, lo que dio más fuerza a la idea de que Michelizzi era simpatizante de este régimen.

Se podría rebatir esta teoría, si se considera fehaciente la declaración de Juan Torres, en una entrevista, de que la Segunda Guerra Mundial terminó en abril de 1945 y Michelizzi le habría encargado la construcción en agosto de ese mismo año.

Hay quienes señalan que el lugar fue diseñado por un alquimista, esgrimiendo que el propio Michelizzi podría haber sido uno. Se dice, que al fallecer, fue Juan Torres quien le dio sepultura, pero nunca dijo dónde.

Hay quienes mencionan, que en las noches de luna nueva, una figura se pasea por el mirador durante la madrugada, mirando hacia el mar. ¿Podría ser el propietario que sigue disfrutando de su lugar especial y no quiere marcharse?

Sólo podemos saber cómo y por qué se construyó el Águila, según los dichos de Torres.

Quizás, como él lo dijo, Michelizzi, sólo quería un lugar para leer, para pintar, para compartir con amigos.

Quizás solo haya sido un refugio para poder compartir el amor que sentía hacia su socia Marcela Benincampi, ya que al ser ambos casados, sólo podían disfrutar de efímeros momentos fuera de la escena pública.

Muchas cosas pueden decirse de esta construcción, pero lo cierto es, que la casa del Águila tiene un atractivo especial, una vista impresionante desde los ojos del águila.

Cualquiera puede perderse en el tiempo, sin darse cuenta, mirando el mar, como la extraña figura que aparece las noches de luna nueva.

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