Seguro que alguna vez han oído hablar del “efecto invernadero”Hace poco más de una década se habló mucho en los media del “Green House” y, de la mano de Al Gore, conocimos sus efectos devastadores en su documental, “Una verdad incómoda”, que recibió dos Oscar y el Premio Nobel de la Paz. Como no le hicieron mucho caso, en 2017 presentó la segunda parte; pero, su gozo en un pozo. Donald Trump parece dispuesto a poner en el mercado sus más que extensas reservas de carbón, además de las ya explotadas mega minas de carbón, y la exploración de petróleo y gas natural en Queensland, Australia. El calentamiento global sigue adelante.


Los humanos presumimos de que desde la Luna se puede observar la Gran Muralla China; pero, la naturaleza no se queda atrás. A lo largo de más de 2000 kilómetros se extiende la mayor estructura del mundo construida por organismos vivos, visible desde la Luna y Patrimonio de la Humanidad, la Gran Barrera de Coral, en Australia, que, con más de 400 tipos de coral, alberga una biodiversidad de seres vivos, desde cetáceos, tiburones y peces, hasta aves, moluscos, esponjas, manatíes y tortugas marinas; sin embargo, algo tan enorme no se iba a librar del efecto invernadero.

La Gran Barrera de Coral es de gran importancia estratégica. Debido a su disposición paralela a la costa, crea una barrera natural que la protege de la erosión y del embate de las olas durante tormentas y ciclones, y protege los manglares, albergando una gran cantidad de vida, más del 25% de todas las especies marinas, fuente de alimento para los humanos, además del uso recreativo y comercial. Mil millones de personas dependen, directa o indirectamente, de este sistema coralino. Sólo el turismo mueve más de 5.000 millones de dólares anuales.

Prospera en aguas claras, bajas en nutrientes, poco ácidas y con temperatura cálida tropical entre 20º y 30º. La Zooxantela, un protozoo microscópico, responsable del colorido colarino, vive en simbiosis con su anfitrión, el coral, que, además de aportar oxígeno, fija el nitrógeno y almacena el exceso en forma de cristal, ácido úrico, para alimentarlo. Gracias a esta simbiosis son posibles los arrecifes de coral.

En muchos arrecifes, el exceso de nutrientes, debido a las aguas residuales y fertilizantes, favorece el crecimiento de algas filamentosas, que cubren y obturan el coral, dificultando su crecimiento o estabilidad, al igual que las lluvias ácidas que acidifican el agua y disuelve el carbonato cálcico, sustancia química con la que construyen su esqueleto. Otro factor es el calor.

Fenómenos como el Calentamiento Global y «La Niña» han elevado la temperatura del agua oceánica. Siendo la temperatura media del planeta de 15º, el efecto invernadero ha aumentado ese promedio en dos grados. La consecuencia del exceso de calor y acidez del agua es que el coral sufre, por una parte, una descalcificación y, por otra, un estrés, expulsando a su huesped y perdiendo los beneficios que éste le proporciona, entre ellos, el colorido, es decir, que se blanquea.


El color blanco es mala señal, y no sólo cuando hablamos de dinero. Significa que los pólipos, organismos coralinos, no pueden alimentarse ni construir arrecifes o se desmorona lo ya construido. En 2005, debido al blanqueo (bleaching), el 95% de los arrecifes en el mar Caribe desaparecieron, y es el mismo fenómeno que afecta a la Gran Barrera, más de un 93% se ha blanqueado y más del 50% del coral ya está muerto o muriéndose, afirma Terry Hughes, coordinador del equipo australiano que trabaja en su conservación, el National Coral Bleaching Taskfore de la Universidad de Queensland, Australia. 

Es un proceso relativamente reversible. Si la temperatura baja lo suficiente, puede regenerarse el coral; sin embargo, el pasado 2018 fue el más calido de los últimos años y, según se prevé, 2019 será más cálido aún. Por otra parte, tal y como se está desenvolviendo la geopolítca, no parece que en un futuro próximo disminuya el calentamiento global. Además, el agua libera el exceso de calor tan lentamente que, aunque disminuyeran esos dos grados de promedio, los efectos del blanqueo se alargarían pues, una vez iniciado, tiende a continuar aunque cese el estrés, y aunque el coral sobreviva a éste, la zooxantela puede requerir de meses para recuperar su densidad normal.


No es un hecho inusual, éste es el tercer blanqueo desde 1998. Los científicos afirman que no hay evidencias de blanqueo anteriores al siglo XX, es decir, que es atribuible a la industrialización. La salud de la Gran Barrera empezó a resentirse a partir de 1990 por la presencia de CO2 en exceso en la atmófera, lo que conlleva un doble impacto; por un lado, aumenta la temperatura y, por otro, el exceso lo absorbe el agua, que se acidifica. La acción conjunta del calor y acidez, junto con la contaminación debida a aguas residuales y fertiizantes, contribuye al más que problable e irreversible blanqueo de la Gran Barrera de Coral.

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